Ajad Haam, 1904

(…) Tomando una visión integral de la toda la gama de tradición que existe sobre Moisés,
me pregunto a mí mismo: ¿qué es esencialmente Moisés? En otras palabras, ¿Qué tipo de
ideal nacional encarna Moisés? Hay héroes y héroes: héroes de la guerra, héroes del
pensamiento, etc. Por eso, cuando examinamos una imagen ideal, primero debemos dejar
en claro la naturaleza esencial del ideal que el artista tenía en mente en el momento en el
que la intentó retratar. Cuando yo miro la figura de Moisés, continúo preguntándome:
¿Era él un héroe militar? ¡No! En todo el lienzo no se revela ningún rasgo físico de fuerza.
Nunca encontramos a Moisés a la cabeza de un ejército realizando hazañas de valor contra
el enemigo. Solamente una vez lo vemos en el campo de batalla, en la batalla contra
Amalek; y allí simplemente fue para pararse y mirar el curso de la lucha, ayudando al
ejército de Israel con su fuerza moral, pero sin tomar parte en la verdadera cruzada. De
nuevo me pregunto: ¿era él un estadista? ¡Nuevamente, no! Cuando tuvo que enfrentar al
Faraón y discutir cuestiones de política con él, él era impotente sin su hermano Aaron, su
portavoz. ¿Era él, entonces, un legislador? Una vez más, ¡no! Todo legislador hace leyes
para su propia generación, considerando las necesidades particulares del momento y del
lugar en el que él y su gente viven. Pero Moisés hizo leyes para el futuro, para un
generación que aún no existía, y un país que aún no habían conquistado; y la tradición no
ha ocultado el hecho de que muchas leyes atribuidas a Moisés solamente entraron en vigor
después de varias generaciones, mientras que otros nunca se han puesto en práctica en
absoluto. ¿Qué era, entonces, Moisés? La tradición responde en los términos muy
explícitos: «No surgió un Profeta en Israel como Moisés.» Esto, entonces, es lo que Moisés
era: un Profeta. Pero él era diferente a los otros Profetas, quienes aparecen en nuestra
historia, solo desde el período de la monarquía. Él era, como las generaciones posteriores
aprendieron a llamarlo, «el señor de los Profetas, es decir, “el arquetipo ideal del hebreo»
quien realizaba profecía en el sentido más puro y exaltado de la palabra. (…)

El Profeta tiene dos cualidades fundamentales, que lo distinguen del resto de la
humanidad.

Primero, él es un hombre de verdad. Él ve la vida tal como es, con una visión no permeada
por sentimientos subjetivos; y él dice lo que ve tal como lo ve, sin dejarse afectar por
consideraciones irrelevantes. Él dice la verdad no porque él desea decir la verdad, no
porque se haya convencido a él mismo. Sino porque ese es su deber, porque decir la verdad
es una característica especial de su personalidad, una característica de la cual él no puede
deshacerse, incluso si lo hiciera. (…)

En segundo lugar, el Profeta es un extremista. Él concentra todo su corazón y su mente en
su ideal, que, a su modo de entender, es su meta en la vida, y por lo que ha decidido que el
mundo entero este a su servicio (del ideal), sin la más pequeña excepción.

Hay en su alma un mundo ideal, completo; y trabaja para transformar el mundo externo,
la realidad en ese mundo ideal. Él tiene una clara convicción de que así deben ser las cosas,
y no se necesita hacer nada más para que él exija eso.

Él no puede aceptar ninguna excusa, no puede consentir la falta de compromiso, no puede
dejar de expresar su apasionada denuncia, incluso si todo el universo está en contra de él.
De estas dos características fundamentales surge una tercera, que es una combinación de
las otras dos: la supremacía de la rectitud absoluta en el alma del Profeta, en cada palabra y
cada acción. (…)

El Profeta, entonces, está en esta posición: por un lado, no puede reformar completamente
el mundo de acuerdo a su deseo; por otro lado, él no puede hacerse trampa a él mismo y
cerrar los ojos a sus defectos. Por lo tanto, es imposible para él estar en paz con la vida real
en la que pasan sus días. (…)

Pero, así como el Profeta no se vencerá ante el mundo, el mundo no se vencerá ante él y
no aceptará su influencia inmediata o directamente. La influencia del Profeta primero
deberá pasar por ciertos canales en los que se adaptará a las condiciones de la vida real. Así
podrá afectar a la humanidad. Estos canales son humanos, son hombres que no pueden
ascender a la elevación del Profeta y no tiene simpatía con su extremismo, pero están más
cerca de él en espíritu que la masa de hombres, y son capaces de ser influenciado por él
hasta cierto punto. Estos hombres son los sacerdotes del ideal profético. Ellos se paran
entre el Profeta y el mundo, y transmiten su influencia adaptando sus métodos a las
necesidades de cada momento particular (…).
(…)

Cuando Moisés dejó el palacio y salió al mundo, inmediatamente se enfrentó con una
violación a la justicia, y sin vacilar él tomó el lado de los heridos. Aquí vemos el principio
de la eterna lucha entre el Profeta y el mundo. «Un egipcio golpeando a un hebreo», el
fuerte pisando con desdén a los débiles, esta ocurrencia de todos los días es su primera
experiencia. La indignación del Profeta se despierta y ayuda al más débil. Entonces «dos
hebreos se pelean», dos hermanos, ambos débiles, ambos esclavos del Faraón: y sin
embargo luchan uno contra el otro. Una vez más el sentido de justicia del Profeta lo
obliga, y él se entromete en una disputa que no es suya. Pero esta vez descubre que no es
fácil luchar la batalla de la justicia; que el mundo es más fuerte que él, y que él que este
parado contra el mundo le genera a si mismo muchos riesgos. Sin embargo, esta
experiencia no lo hace prudente o cauteloso. Su celo por la justicia lo aleja de su país; y
cuan pronto llega a otro lugar, mientras él está todavía sentado en el pozo fuera de la
ciudad, antes de que él haya tenido tiempo de encontrar un amigo y un refugio, escucha
una vez más el grito de la justicia indignada, y se ejecuta de inmediato en su ayuda. Esta
vez los sujetos no son hebreos, sino extranjeros y extraños. ¿Pero qué hay con eso? Los
Profetas no hacen distinción entre hombre y hombre, solo entre lo correcto y lo
incorrecto. En este caso, el vio una fuerte manada de hombres pisoteando los derechos de
las mujeres débiles y Moisés se puso de pie y las ayudó». Por lo tanto, podemos inferir que,
a lo largo de todo ese período, en todo su vagar, nunca dejó de luchar la batalla de la
justicia, hasta que llegó el día en que iba a ser transformado en el salvador de su pueblo, y
enseñarle al mundo el valor de la justicia, ya no para su propio tiempo, sino por y para
toda la eternidad.

Ese gran momento sucedió en el desierto, lejos de la agitación del mundo. El alma del
Profeta está cansada de su batalla incesante, y él preferiría descansa en paz. Le da la
espalda a los hombres para dedicarse a la vida del pastor y lleva sus ovejas al desierto. Allí
«vino al monte de Dios, hasta Horeb». Pero incluso aquí no hay descanso para él. El siente
que aún no ha cumplido su misión; una fuerza secreta en su corazón lo impulsa, diciendo:
«¿Qué haces? ¿Estás aquí? Vete, trabaja y lucha: porque para ese fin fuiste creado”. Le
gustaría ignorar esto voz, pero no puede. El Profeta oye «la voz de Dios» en su corazón, lo
quiera o no (…).

De repente escucha la «voz de Dios» en si interior. La voz que él conoce tan bien lo está
llamando a él desde un rincón olvidado de su corazón: «Yo soy el Dios de tu padre …
seguramente he visto la aflicción de mi pueblo que están en Egipto …. Ven ahora, por lo
tanto, y te enviare al Faraón para que saques mi pueblo, los hijos de Israel, fuera de
Egipto». «El Dios de su padre», «la aflicción de su gente «¿cómo puede haber olvidado todo
esto hasta ahora? Fielmente ha servido al Dios del Universo, luchando en la batalla por la
justicia universal. En Midian, en cada país en el que puso un pie, él se ha esforzado
siempre para liberar a los oprimidos del opresor, ha predicado siempre la verdad, la paz y
la caridad. Pero el Dios de su padre lo ha olvidado; su gente no se ha acordado de él; la
aflicción con lo que los egipcios afligen a su pueblo de eso no ha pensado nada. Ahora una
nueva esperanza surge en el corazón del Profeta y se fortalece a cada momento. (…) Ahora
irá a su propio hermanos, su propia gente, y les hablará en el nombre del Dios de sus
padres y el de ellos. Ellos lo conocerán y lo respetará; escucharán todo eso que él dice,
escucharán y obedecerán: y la soberanía de la rectitud, que hasta ahora existía nada más
que en su corazón cuan ideal, ahora será establecido en el mundo por este pueblo, que el
sacará de la esclavitud.

Bajo el hechizo de esta noble idea, el Profeta olvida por un momento todos los obstáculos
en su camino, y en su fantasía se ve a sí mismo ya en Egipto entre su gente. Pero frente al
Faraón, de hecho, él no irá solo. Él sabe de antemano que un hombre como él, no está
calificado para hablar palabras suaves, no puede doblar los corazones de los reyes a su
deseo. Por eso, él se acercará en primer lugar a su propia gente; el reunirá a los «ancianos
de Israel» -hombres que son conocidos en la casa real-; a ellos él revelará primero las
grandes novedades, que Dios ha visto su sufrimiento. Y estos hombres, la elite de la gente,
lo entenderá y «escuchará su voz». Ellos irán con él a Faraón, y le darán a Dios el mensaje
del rey en un idioma que él entiende.

Pero ¿si incluso ellos, los ancianos de Israel, «no escucharon su voz”, como haría para que
estos crean en su misión? En ese caso, él sabe qué hacer. No para nada fue criado en la casa
de Faraón en las rodillas de los magos. «Encantamientos». Estos son una abominación para
él; pero ¿qué puede hacer si los «ancianos» de Israel solo creen en tales cosas?

Así como los «hijos de Dios» han sido conocidos por caer del cielo a la tierra; también el
Profeta tiene su momentos de recaída, cuando el espíritu de la profecía lo abandona y sus
elementos mortales lo arrastran hacia el fango del mundo. Pero solo por un momento
puede el Profeta dejar de ser lo que debería ser y para ser un hombre de verdad.

Apenas Moisés ha pensado en la idea de ganar credibilidad a través de encantamientos
mágicos, el Profeta en él se levanta en armas contra este pensamiento inmundo. ¡Nunca!
Desde que escuchó «la voz de Dios», su lengua ha sido un instrumento sagrado, y él «un
hombre de palabras», un hombre cuyas palabras son solo un medio para el logro de sus
objetivos. Ese es un precio que no pagará incluso por la redención de su pueblo. Si solo le
creerán a través de encantamientos, entonces dejará que sean liberados por otros, y el
seguirá su camino, su verdad sin manchas, solo en el desierto (…).

Pero no es fácil para el Profeta permanecer en la naturaleza. El fuego ardiente que
despertó todas sus fuerzas espirituales a la acción aún no ha sido sofocado y no le dará
descanso hasta que encuentre un camino para llevar a cabo su pensamiento. Entonces, al
fin, el Profeta encuentra lo necesario, un «canal» a través del cual su influencia alcanzará al
pueblo. Él tiene un hermano en Egipto, un hombre de posición, un levita, que sabe cómo
darles forma a sus palabras en función de las necesidades del tiempo y del lugar.
(…)

Entonces se alcanza el objetivo. El Faraón y toda su hueste se encuentra en el fondo del
Mar Rojo, y Moisés se encuentra a la cabeza de un pueblo libre, dirigiéndolos a la tierra de
sus antepasados. «Entonces cantó Moisés …» En esta hora de felicidad, su corazón se
desborda de emoción y se derrama en sí mismo en una canción. Él no sabe que todavía
está al comienzo de su viaje; él no sabe que la tarea real, la tarea más difícil, aún no ha
comenzado. El Faraón ya no está, pero su trabajo permanece; el maestro ha dejado de ser
maestro, pero los esclavos aun no han dejado de ser esclavos. Un pueblo entrenado para
vivir en esclavitud no puede desechar en un instante los efectos de ese entrenamiento y
llegar a ser verdaderamente libre, incluso cuando las cadenas han sido cortadas. Pero el
Profeta cree en el poder de su ideal. El está convencido de que el ideal cuenta con la
suficiente fuerza para expulsar la mancha de la esclavitud en su pueblo y para imbuir a
esta gente esclava con un nuevo espíritu de fuerza y esfuerzo ascendente, igual a todas las
demandas de su elevada misión. Entonces el Profeta reúne a su pueblo al pie de la
montaña, abre los cielos más interiores antes ellos, y les muestra el Dios de sus padres en
una nueva forma, en toda su grandeza universal. (…)

«Alguna vez la gente escuchó la voz de Dios hablando de en medio del fuego «tan alto y
majestuoso”? Y la nación que ha escuchado este mensaje, aunque podría haber sido
hundida durante siglos en el marasmo de la esclavitud y la degradación, ¿cómo no puede
salir de las profundidades y sentir en su alma la más profunda luz purificadora que fluye
sobre ella? Así piensa el Profeta; y la gente confirma su creencia, mientras lloran
extáticamente, con una sola voz, «Todo lo que el Señor ha dicho haremos». Entonces el
Profeta abandona el campamento en paz, y se retira a la soledad en la cima de la montaña,
allí para perfeccionar y completar la ley de justicia. Pero antes de que haya pasado muchos
días fuera de la vista del pueblo, Moisés levanta la cabeza y en un momento se derrumba el
castillo de sueños que el Profeta había construido sobre la base de su fe en el poder del
ideal. «La voz de Dios» es ahogada por «el ruido de la gente gritando», y el Sacerdote en el
que el Profeta confió, quien era su portavoz ante el Faraón y la gente, este mismo
Sacerdote es llevado por la mafia, y les crea «dioses» según el pedido de sus propios
corazones, y construye un altar …

Esto, en su opinión, es lo que demanda el presente: y el Sacerdote es sobre todo un hombre
del presente. El dolor del Profeta no tiene límites. Todo su trabajo, todas sus visiones de la
gloriosa misión de su gente, todo la esperanza que lo consoló en su arduo camino, todo se
desvaneció en la nada. Él es incautado por una impotente desesperación. ‘Las tablas de la
Ley’ caen de su mano y se rompen; su fe en sí mismo y en su trabajo se sacude. Ahora
entiende lo difícil que es crear un «pueblo especial» de tal material deformado, y por un
momento piensa en abandonar este «pueblo obstinado», y confiar sus Tablas al remanente
de personas que fueron fieles a su pacto. Ellos observarán su ley, y ganaran poco a poco
mejores hombres, hasta convertirse en «una gran nación»; y el volverá a la vida de pastor
en el desierto. Pero el Profeta no es un Sacerdote: no es para él darse por vencido ante las
circunstancias sin luchar, y cambiar su forma de pensar, o su orden. Entonces, el impulso
desaparece, y el Profeta regresa a su misión, y resuelve seguir adelante, pase lo que pase.
Ahora se da cuenta de la difícil tarea que tiene ante sí. Él ya no cree en una revolución
repentina; él sabe que señales, maravillas y visiones de Dios pueden despertar un
entusiasmo momentáneo, pero no puede crear un nuevo corazón, no puede desarraigar e
implantar sentimientos e inclinaciones. Entonces convoca toda su paciencia a la tarea de
acompañar a su pueblo y entrenarlo con pasos lentos hasta que este adecuado para su
misión. Por lo tanto, el primer período pasa. El profeta enseña, entrena, lleva y perdona,
sostenido por la esperanza de ver los frutos de su trabajo algún día, cuando la misión de su
pueblo sea cumplida en su propia tierra. Y luego viene el incidente de los espías. Aquí la
nación va en camino a conquistar un país por la fuerza, y a construir su propia y distintiva
vida nacional, que es ser ejemplo para el mundo. Pero ante el primer informe desfavorable
cunde la desesperación, y el glorioso futuro es olvidado. Incluso el corazón del Profeta le
falla ante esta evidente degradación total e indescifrable. Moisés ahora ve, entonces, que
su última esperanza está perdida. Ni siquiera la educación servirá para hacer que éste
pueblo degradado sea capaz de asumir con éxito una misión tan elevada. Así es como el
Profeta decreta la extinción de su generación y decide permanecer en el desierto cuarenta
años, hasta que se consuma toda esa generación, y su lugar ser tomado por una nueva
generación, nacida y criada en libertad, y entrenada desde la infancia bajo el influencia de
la Ley que se debe observar en la tierra futura.

(…) El Profeta lo ha decretado, y no lo puede retraer. Él está convencido de que «esta
congregación malvada» es inútil para su propósito, y no hay súplica que induzca al Profeta
a actuar en contra de sus convicciones. (…) Entonces el Profeta permanece en el desierto,
entierra su propia generación y forma una nueva. Año tras año, él nunca se cansa de
repetir a esta nueva generación las leyes del derecho que deben guiar su vida en la tierra
futura; nunca se cansa de recordar el glorioso pasado en que estas leyes fueron formadas.
El pasado y el futuro son la vida entera del Profeta, cada uno completando el otro. En el
presente, no ve más que un desierto, una vida muy lejos de su ideal; y, por lo tanto, mira al
antes y al después. Él vive en el futuro, en su visión, y busca y extrae la fuerza de ese
mundo donde habita su visión.

Cuarenta años se han ido, y la nueva generación está a punto de salir de su vida nómade en
el desierto y retomar el hilo roto de la tarea. Allí es cuando el Profeta muere, ‘y otro
hombre asume el liderazgo y lleva al Pueblo de Israel a su tierra.

¿Por qué muere el Profeta? ¿Por qué no se garantizó que completara él mismo su trabajo?
La tradición, como sabemos, no da una razón suficiente.

Pero la tradición reconoce, con instinto infalible, que así que debe ser. Cuando llega el
momento de que lo ideal sea encarnado en la práctica, el Profeta no puede pararse más
tiempo a la cabeza; él debe dar lugar a otro. La razón es que desde ese momento allí
comienza un nuevo período (…). En este período, la realidad asume gradualmente una
forma muy diferente de la visión del Profeta; y entonces es mejor para él morir que ser
testigo de este cambio.

‘Él verá la tierra ante él, pero no lo hará desde allá. «Él ha llevado a su pueblo a la frontera,
los preparó para su futuro, y les dio un noble ideal para que sea su brujula en tiempos de
problemas, su consuelo y su salvación; el resto es para otros hombres, que son más hábiles
para comprometerse con la vida. Déjalos hacer lo que harán y lograr lo que lo lograrán, ya
sea mucho o poco. En todo caso no lograrán todo lo que el Profeta deseó, y su camino no
será su camino. En cuanto a él, el Profeta, él muere, como él ha vivido, en su fe.

(…) Él muere con alegría en su rostro, y con palabras de consuelo en sus labios: muere,
como dice la tradición, abrazado «en un beso», junto al ideal al que ha consagrado su vida,
y por lo que ha trabajado y sufrido hasta su última aliento.

(…) «El creador», he dicho, «crea en su propia imagen. «Y en verdad, nuestra gente solo ha
expresado en su punto más alto la imagen de Moisés. Bien han dicho los cabalistas que
«Moisés está reencarnado en cada época. Algún indicio de Moisés ha iluminado la vida
oscura de nuestro pueblo, como una chispa, en cada generación. Esto no necesita de
grandes prueba. Alcanza con abrir nuestro Libro de Oración, y veremos casi en cada
página el esfuerzo constante de alcanzar la realización del ideal profético en toda su
amplitud, en todo los períodos de la historia del pueblo judío, incluso en los más negros de
ellos, cuando la vida ha sido más precaria y la persecución nos expulsado de país a país.
Israel nunca ha vivido en el presente. El presente, con su maldad, siempre nos ha llenado
de angustia, indignación y amargura. Por eso nos hemos inspirado constantemente con
brillantes esperanzas para el futuro, y una fe indestructible en el triunfo próximo de lo
bueno y lo correcto. Y estas esperanzas y esa fe siempre la hemos buscado y encontrado
apoyándonos en la historia de nuestro pasado, donde nuestra imaginación nos deja
meditabundos, tejiendo todo tipo de sueños justos, para hacer del pasado una especie de
espejo del futuro. El hebreo, la vestimenta de los judíos, su espíritu no tiene presente, sino
solo un pasado y un futuro. La pregunta ha sido muy debatida, ya sea la característica
fundamental del espíritu judío es optimista o pesimista; y posturas extremas existen en
ambos lados. Pero toda discusión es inútil. El judío es a la vez optimista y pesimista, pero
su pesimismo se refiere al presente, su optimismo al futuro. Esto fue cierto en los Profetas,
y es verdad en el Pueblo de los Profetas.

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